viernes, 14 de noviembre de 2008

El secreto está en que no te pillen con las manos en la masa. /Quinto día de odio/ *y más abajo, el de ayer.


Los cascos a todo volumen le facilitaban el trabajo. Le encantaba lo que hacía, pero el sonido de los huesos partiéndose era algo que le resultaba repulsivo. Gajes del oficio. Lástima perderse la parte de los gritos y las súplicas. Pero bueno, con eso se pasaría todo el día empalmado, y la poli no era tan estúpida como para no revisar en sus gargantas.

Una patada contundente sobre la cabeza y el bordillo terminó con todo. Al rebotar sobre la esquina los sesos le mancharon las botas, pero no era cuestión de ponerse remilgados. Ya le haría a alguien lamérselas.


Estiró cada parte de su cuerpo, acompañándolo de un sonoro bostezo. Chupado. Ahora venía la parte de las baquetas imaginarias como hombre orquesta. El colofón: la marcha fúnebre de la casa. “Adiós con el corazón, que con la polla no puedo”.


El telón bajaba y había que recogerse, así que cogió un par de palos, ayudándose con ellos para darle la vuelta. Uno clavado en el lateral del pecho, el otro bajo la cadera. Un puntapié y voila. Un comemierda en toda regla. Hasta después de muerto.


Se sentó teniendo cuidado de no hacerlo cerca del puré informe y, con las piernas cruzadas, le fue metiendo algodones empapados en gasolina por el culo. Riéndose su propia ocurrencia, dejó los últimos pedazos entre los dedos de los pies. El señoritingo pudriéndose.


Un último vistazo y no la primera meada sobre el cadáver. La fogata a punto.

- Al parecer no soy el único que pega petardazos con el trasero- se mofó ante las llamas.


Se iría directamente a casa, sin cobrar siquiera. Lo importante era que otros cobrasen, sí señor. Y bien finiquitados.


Terminar una buena faena siempre da hambre e ir ocultándose tras cada cubo no era su estilo, así que llegaría pronto a casa. A saber qué le habría preparado ese chocho viejo. Ni un par de huevos fritos, ni los suyos crudos, era capaz de calentar a derechas.


Por lo menos uno sabía dónde encontrarla en caso de necesidad. Todo recto y al fondo.


O al fondo del recto, si alguna vez esa puta llegaba a mojarse.


- ¡Eh tú! Ya he llegado. Dame de comer.

- Hola cariño, he hecho cocido. Está en la mesa. Todo separado por colores, como a ti te gusta.

- Ven aquí.


La mujer se fue acercando con lentitud. Una mezcla de esperanza, resignación y miedo.


Cuando estuvo lo suficientemente cerca, cogió su blusa rosa palo fruncida, pegada a la piel, y tiró para frotarse con ella las manos exhaustivamente y quitar los restos de sangre que comenzaban a resecársele. Con un rápido movimiento, hizo saltar los botones anacarados y tomó los extremos ya libres para enjuagarse el cuello y la cara.


Cuando hubo terminado, tiró de la delantera del sujetador hacia abajo, quedando a merced de la gravedad. Pero no por mucho tiempo. Con una mano agarró el derecho, uñas hincadas incluidas, y tomó el otro entre sus dientes, escupiendo después algo.


Con un solo estremecimiento mudo y algo más contrahecha, la dejó ahí, dándole la espalda sin mediar palabra. Antes de llegar a la mesa ya empezó a oírse el cacharrería entre espuma en la pila.


- ¡Mecago en la puta madre que te parió!- gritó entre zancadas.

- ¿Pero qué pasa?- aunque en realidad sonaba más como si estuviera separado silábicamente.

- ¿Cómo cojones se te ocurre ponerme la sopa ardiendo?

Me he quemado.


Puede que desde fuera sólo se oyera el grito, pero en la habitación lo que predominaba era el chisporroteo. Lo que ella no pudo ver, con los ojos empapados quemándole, fue la olla. Ahora vacía.


-¡Ya está bien! ¡No sabes hacer nada! ¡No sirves para una mierda!

- No, por favor. No.


A alguien que la conociera, esa primera negativa le habría sonado como un retoño su primer amanecer.


Tarde.


- Vas a probar lo que es bueno. ¡Ven aquí!


La segunda vez que decía aquello. Si la primera tendió a… ésta más que a equis significaría la cruz.


No le sirvió de nada intentar recorrer los escasos cinco metros de pasillo. No le habría servido aunque hubiera podido intentarlo. Aunque él no le estuviera agarrando los brazos.


Él sólo tendría que haber soltado la cacerola para arrojársela desde esos metros, en lugar de descargarla directamente sobre su cabeza.


Una vez, dos, tres…


Le gustaba hacer bien su trabajo, incluso fuera de horas. Y rematarlo.


Quedó tendida inconsciente, pero eso habría sido de segunda categoría. Si respira, es una chapuza.


Él sí que haría un buen plato. Con un par de huevos.


Fue a la cocina, abrió el cajón y al instante tuvo la certeza de que, de no haberse dedicado a eso, habría sido un gran carnicero.

9 comentarios:

maloles dijo...

Muchas gracias!:)

Muas!

Anónimo dijo...

Menos mal que acaba la semana, jajajajja......

BLIS dijo...

tiene razon maloles, cada vez hablais más de matar a la gente

Roberto Tega dijo...

:S
Buah

Roberto Tega dijo...

Buah (uf)

Roberto Tega dijo...

Ah, te comenté los anteriores y además te agregué a pesar de tus textos de caracter psicopático ;)

Roberto Tega dijo...

A veces las cosas no son lo que parecen. Pero otras sucede justo lo contrario.

Buah
Buah (uf)
...a pesar de...

¿Más pistas? :D

Pero de buen rollo

;)

Roberto Tega dijo...

Tienes razón. Pensé en no abusar de ellos para quitarle decoro al mensaje. Pero no puedo, no puedo.

Es sólo el post ese bruto, pero no pasa nada. Lo valoro por lo bien escrito que está y no por el fondo. Aqui tienes a un lector.

Ah y las cervezas de litro a más baratas más grande la tontería

:)

Roberto Tega dijo...

De Saw creo que sólo vi la primera. El argumento me parece buenísimo pero creo que la peli tira mucho de morbo.
Hay pelis cafres que justifican la brutalidad. Otras son violencia por violencia. No sé si me explico. ¿Me explico?
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