
Me gustaba el olor de mis camisas, un tanto almidonadas para que no arrugase el cuello de tanto darle vueltas a la cabeza, inquieta más por el mundo que por las hormonas. Esas ya se ocuparían más tarde de echarme a perder.
Lo que no me perdía nunca, por mucho que se me sonrojasen las mejillas o llegasen los sudores fríos propios de los constipados otoñales, eran las clases de astronomía. Todas aquellas estrellas juntas.. Buff, le hacían sentirse a uno verdaderamente pequeño, pero también importante. Parte de algo. ¿Nunca le has guiñado el ojo a una estrella que desaparece tan solo un instante de tu vista? Solía hacerlo al caer la noche, como si de verdad tuviera algún tipo de complicidad con el cielo. De qué otro modo iba a ser, si era él quien me veía escapar de entre mis sábanas a cada término de la jornada para corretear descalzo por donde uno no debiera, cuando uno tuviera que estar dormido. Lo prohibido. Aún sin malicia. Hasta que…
Llegó ella, salida de entre un par de árboles secos, con un fino camisón blanco y la sonrisa aún más resplandeciente. Agitaba un paquete de pegatinas de esas que se recargan con la luz del día para brillar luego por sí solas. Constelaciones en lata, las llamaba. Corría hacia mí, riéndose en silencio para no despertar a los búhos. Carcajeándose con los dedos de los pies. Como si fuese lo más normal del mundo.
Puede que entonces fuera normal, pero por eso ahora… Ojalá alguien me hubiera avisado. Qué coño, alguien tendría que haber tenido huevos para decirme que era normal.
De repente todo mi mundo cambió. Lo que antes se esparcía por todas partes, lo que un momento atrás había ocupado su lugar donde le correspondía, se concentró en su cuerpo. Fue como si no hubiera nada más. No, no era eso. Allí estaba todo.
Pero en algún instante de no sé que día, perdida toda noción de tiempo, un ronquido se quedó a medias. La segunda ventana del piso superior se encendió. Ahora casi puedo oír el tintineo de la cadena de la lámpara. Lo que hace un momento de miedo y los años. Todo llega a fragmentarse en pulcros detalles.
Para algunos, la oscuridad es sinónimo de horrores, pero aquel día, por aquella luz, yo me convertí en un monstruo, para siempre. A sus ojos.
Me alejaron del aire, del cielo abierto, te todo recuerdo. Supongo que desde su razonamiento tenía sentido, sí. Matando cualquier vestigio de alma, se exterminaba a su vez al demonio que la ansiaba. Quitar aire puro en lugar de dar agua bendita. Todo acaba por economizarse.
Lo único que no pudieron quitarme fueron aquellos adhesivos fosforescentes. Quiero pensar que fue algún mecanismo de defensa, más que un hada madrina rellena de tul rosa, lo que me previno de que debía esconderlos. Lo que quedó de mí. Nunca pensé que una cara de mi ser estuviera recubierta de pegamento.
Tardé algún tiempo, y unas cuantas muertes, en darme cuenta de la verdad. ¿Quieres que te pegue una estrella fugaz en la frente?

7 comentarios:
Sí, estoy de acuerdo, hay algun momento en el transcurso de tu paso de niño a adulto en que el lado oscuro llama a tu puerta.
En mi caso fue algo así como.
Toc toc,
-si?
-hola, soy el lado oscuro de la vida.
- Ah, hola, quieres tomar una copa?
- Tienes vodka absolut?
-claro, adelante.
por cierto, te agrego a enlaces.
Sí, quiero una estrella en el pelo, pero no fugaz.
es cierto
siempre me hablas de comida
y me encanta
y lo de salchichonio puede ser un mote la mar de divertido
xD
Te apuntas a la semana del odio?
puede salir algo realmente enfermo y desestresante
WOW! joder, tienes una manera tan tan extraña y absoluta de narrar... me encanta!
que preciosidad ._.
por cierto en mis links te habia puesto''la gata sobre el tejado'' lo he puesto esta mañana y ahora mismo me he dado cuenta que es''teclado''
no te me enfades!perdon,perdon :__
:*
abrazo estrellado.
(****)
no tienes porque escribir todos los dias esta semana, pero cuando lo hagas, odia
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