martes 29 de septiembre de 2009

Enzarzados, no en Karpathos, descalzos y sin fresones.


- Sigue contando…

- Para qué, si siempre te lo tomas como si te estuviese queriendo decir que fuese la más chunga del lugar, con una mezcla de bravuconería y "oh, pobrecita yo", y me acabas diciendo que mi vida no da para rodar las películas que me monto

- No seas tonta. ¿Algo más que confesar?



Se empezó a subir el volumen de la pelea casi al tiempo que los vecinos el del televisor. A todo se acostumbra el hombre, llega un momento en que hasta las ves venir, en un comentario afilado, en la cena demasiado fría, o en las piernas mal depiladas. Esa iba a ser otra noche animada con desalmados repitiendo escena y abucheos.


No existían los tiempos muertos en aquella casa, pero sí los dormidos. La mayoría de las veces era irrelevante quién fuera el que tuviera la última palabra siempre que se acordara de apagar la luz antes de meterse en la cama. No se acordó, y la sola visión de verla acurrucada con las dos almohadas le encendió los músculos de los brazos para accionar el sistema hidráulico del canapé. Se subió de sopetón por uno de los extremos para dejar al descubierto el hueco aprovechable para meter mantas o el contenido del recogedor. Ella no se lo esperaba, no tuvo tiempo para reaccionar y agarrarse a las sábanas, ni poco tequila en el cuerpo. Se deslizó como una salchicha Frankfurt por un tobogán de salsa tártara, hasta estrellarse de cabeza contra la pared formando un ángulo agudo. Como su dolor en el cráneo, que ya no tendría fantasías con falos sino pesadillas de prepucios abatibles.


Escaló la rampa para poder bajar y mirarle a los ojos, pero él se agachó para coger la almohada y llevársela al segundo campo base, donde las pájaras no cantasen ni las cucarachas le quitasen el nombre al crunch. Verlo agachado le infló las ganas de verlo postrado. Su único punto en común, pasar de cero a cien en décimas. El fuego incontrolado no entendía de capuchones en los mecheros.


Le embistió, con todo su peso más los dieciocho gramos de alma que le quedaban, y empezó a hilar una ristra de puños de forma compacta. Supongo que seguían siendo solo dos, pero al movimiento parecían más, con la eficacia de no llevar serigrafiada la marca acme. Uno tras otro, hasta que recobró la postura como si tal cosa para empezar a bajar las escaleras.


No, esta vez no podía irse de rositas, ni de putas con otros sobrenombres. Le siguió, vociferando todo lo que se había callado en todo el tiempo de “hacer que no ves, oír, acatar y callar”.


El campante se recostó en el sofá dándole la espalda e indicándole con el culo el camino a seguir para irse a la mierda. Estoy hasta los cojones de ti, no quiero volver a toparme con tus narices entre mis huevos, ya hasta me toca, manda ostias- medio siseó triunfalmente con la funda de tela entre los dientes.





En la madrugada tintinearon entre los soplidos del viento las llaves de su coche. Pensaba dormir en el garaje, pero con el apagón de luces llegó el miedo y las posesiones infernales de flanes corpóreos. Entonces, sin pensarlo demasiado, arrancó. Si me echa me tendré que ir, y si no tengo cómo irme, tendré que procurármelo. Es pura lógica que me lleve su coche- se dijo antes de ponerse a cantar con el último italiano que había metido en la disquera.


El alcohol le daba la seguridad de saber que se estrellaría de compartir rotonda con alguien más, así que pintó una ele en la luna trasera, se puso a cuarenta y con las largas en permanente. Así pasaría desapercibida, incluso para la muerte.



“Nella grigia oscurita’ io la trovero’ stella amata senza eta’ verso luna e sol”



Aparcó de culo que daba más gusto que algo analógico en esta era de digitales y dígitos entre barras. Freno de mano, parar el carro, respirar hondo y todo sobre ruedas al poner los dos pies sobre la acera correcta.


Al llegar a casa se puso a llorar por todas las veces que la tacharon de la mala cuando no estaba su nombre ni en la lista porque no lo era. Se puso a llorar por en lo que se había convertido. Calumnias, agresión, robo y conducción bajo los efectos del alcohol. Se puso a llorar porque ni aún así le llegaba a los talones. A ella le había dolido tanto su peso cayendo encima, a ella le habían dolido tanto sus puños enormes, a ella le habían dolido tanto sus palabras salivadas… No podría superarle precisamente porque ella lloraba. Sentir dolor significa tener una de esas voces en off con regidores bombo y platillo. (Manolo no incluido en el pack estándar)






Me lavo las manos, y si salpico a alguien, menos mierda para todos.


viernes 28 de agosto de 2009

A ratos y sin ratas... como la gata detrás del perro.


Me pasé toda la noche consolando al verdugo...




Las cortinas medio bajadas y aun así el sol a todo trapo. Me desperté con la boca pastosa, lo que no quiere decir que hubiese sido una mala noche. Ya no tengo que resguardarme del día para hacer ciertas cosas ni fingir que es agua lo que le voy echando a los floreros, aunque siga dependiendo de unas gafas resistentes a los UV. Todavía no han inventado las que además de tapar las rojeces puedan hacer algo para sostener los regueros. Hasta ahora sólo hay bandejas para recoger la tiza.


Pastosa, empapada y palpitante, pero sin necesitar de los segundos de reconocimiento para saber dónde estaba. Yo me había llevado hasta allí a pie, y el dolor de la piel quemada no me iba a dejar ni ese respiro para hacer el paripé de sorprenderme al mirar atrás. No hacía falta girar ni voltearse, aunque de tanta postura seguramente me iba a ser imposible recuperar el norte. Nunca hay una tienda a mano de tele cuando quieres una brújula poseída por perros rastreadores que nunca mueren, a lo Rex. Perros, eso es lo que veía, aunque no muertos, claro, pero sí inanimados. La cabeza ya no me daba tantos vuelcos como para conferirles movimiento, y era lo mejor, porque habría sido un poco siniestro. Estaban por toda la tela, descoloridos, seguramente desde mucho antes de que realmente importase. Todo quedaba cubierto por las manchas. Apenas un par eran mías.


Jugueteé un rato con los dedos para no caer en lo tópico del punto fijo de la pared, o simplemente la vista en blanco. Es estúpido procurarse la repetición de conductas absurdas cuando sabes que acabas de cometer una estúpida. Si afrontaba el resto, todo el pocillo que en el fondo me decía que volvería a repetirlo de poder, de querer él, lloraría, y eso estaba completamente fuera de lugar. Las niñas malas pasadas de edad tendrían que ser maduras y caerse de los guindos, no un puto blandiblu flácido que resobar pero que no se lleva a la boca porque no es comestible. Cinco raciones de fruta y verdura y no la dieta del cucurucho. Otro año y otro propósito de limpiar el polvo. Hacer el amor seguía sonando cursi, y muy, muy lejano.


Un ronquido me sacó de las ensoñaciones. Él en su lenguaje primitivo, yo dejándome llevar por los instintos.




No, si en el fondo podríamos haber hecho buena pareja y todo… hay que joderse.

martes 11 de agosto de 2009

Glucosa en vena y dejarlas largas.


Por favor, que siga allí, que siga allí.



Hacía más de una semana que quedaba un único helado dentro de su caja en el congelador, y había dejado de apetecerme más que nada por un bote de leche condensada que se había convertido en mi perdición y en los dedos más salivados que nunca hubiera tenido.


Iba corriendo con la impresión de no avanzar, como si las piernas fueran de plomo y el pasillo del tamaño de un marcapáginas inscrito en el record Guiness. Lo pareciera o no, al menos mi cuerpo intentaba responder. Las manos se habían fijado en el punto de encuentro de las clavículas, tal que si sólo con eso pudieran aliviar las palpitaciones. Aumentaban de intensidad, me ensordecían por dentro, me costaba respirar. La sensación de ahogo y náuseas sin fiebre ni alérgenos de por medio eran mala señal. Muy mala.


Un cajón, dos, tres, y las rodillas entumecidas por todos los calamares y tupers que iba dejando sobre mi regazo en cuclillas. Hasta que al fin, unos guisantes después, lo vi. El último almendrado de vainilla.


El estúpido acceso de llanto pugnaba por hacer un gorgorito de media mañana, pero no me sonó a nada más que a una llamada de alerta. Me quedaba poco tiempo antes de estallar.


Empujé de nuevo hacia dentro los cuatro mocos acuosos que se habían resbalado como suicidas gravitacionales, y me levanté de un salto pesado, dejando que todo cayera al suelo, sin que se convirtiera en un escenario de tapas rodantes. El hielo al menos podía sellar lo extracorpóreo, y a las vacas muertas.


La mesa extensible parecía un buen sitio para dejarlo acampar, así que, aún en su envoltorio, yació sobre el hule, ahora en paz pero a la espera del viaje a la fosa que lleva al mundo marítimo, a los desprecios que mi organismo expulsa, lo que puedo echar.


Con las manos temblorosas, y las clavículas sensiblemente marcadas, tocaba la segunda parada antes de que lo cardiaco me lo pusiera aún más. El botiquín de emergencia siempre con su cruz en rojo, riéndose de mi cara, diciéndome que nunca tendré la otra opción en el juego, ni el antídoto para el mal de amores para contrarrestar.


Media de allí, media del tarro de galletas y una bajo el colchón, envuelta en un billete de 20 por si las moscas. Tampoco había que pasarse.


Y ahora sí, unos punteos de baja frecuencia para crear el ambiente de un estadio concertado para una banda de nanas, y abrir lentamente el plástico transparente. Un mordisco, un crujido, la lengua arrastrando las almendras pegadas a las muelas y se iba llevando los restos del sabor a polvo.


No se debe comer en horizontal, pero si podía matar un tipo de ahogo, el atragantamiento era un peso pluma. Era una forma de ahorrar tiempo en posiciones y de evitar un choque contra algo si la cosa se hacía brusca.


Calculé unos diez minutos, y me relajé antes de que me entrase la modorra.


A veces, cuado necesitas que la almohada te dé respuestas con la conciencia de tu cabeza inconsciente, no hay tiempo para andarse con morondangas y esperar pacientemente a que el sueño venga. Si hay que ponerse chulos y controlar que la luz no te impida cerrar párpados, se cierra el chiringuito a ostias, vaya que sí.

jueves 6 de agosto de 2009

Uno, dos, tres. Insufla.


Aproveché los broncoespasmos para silbar sin tener que hacer nada con los labios. Las pieles muertas hacían death metal.






- Me acuerdo.


- Yo tengo unas lagunas preciosas, con claros sobrevolados por petirrojos.


- Sabes a lo que me refiero.


- Tienes derecho a olvidar.


- ¿Estarás bien?


- Egocéntrico de mierda.


- ¿Qué te pasa?


- Nada, la vida me va regular. Gris para no tener que elegir entre el blanco y el negro y poder quedarme con dos miembros para hacer cochinerías. Voy tirando, aunque preferiría empujar, sobre todo si es con pan.


- Vale, ahora dímelo. Te conozco.


- ¿Qué me pasa? Me pasas tú por encima y sin mirar por donde pisas, me haces pedazos para luego cuando te viene en gana entretenerte montar el puzzle. Búscate un perro al que rascar la barriga y darle de lado cuando empiece a mover la cola. Los gatos no necesitan mear sobre nadie para marcar su territorio, y menos para luego dejarlo desierto.


- Eh eh eh, tranqui, que yo apenas te conozco.


- ¿Existen las conmociones cerebrales espontáneas? Creo que va a darme una a la de tres empezando por el cero en negativo…


- ¿Sabes? Podríamos hacer eso. Empezar de cero. No quiero que nada cambie.


- La nada es inmutable, amigo.


- Ehm, venga, vale. ¿Vamos a tomar una cerveza?


- Me has quitado el hambre y el sueño, y ahora me das ganas de vomitar. Genial.


- Qué pesada eres con lo del asco, no te ralles.


- Más bien reiterativa a lo tonto, visto lo visto.


- Eres demasiado críptica para encontrar un marido.


- Ay dios, hazme una señal si todavía quieres que vaya al cielo, porque sino recurriré al asesinato o al suicidio, lo que me dicten las pecas de los pecados.


- ¿Hola?


- Shhhhhh


- ¿Qué?


- Calla, déjame que se haga el silencio.


- Antisocial.


- Ohmmmmm. Ooooohhhhmmmmm.






Bajé las gafas de persiana para que se hiciera la oscuridad.


sábado 1 de agosto de 2009

Estoy obligada a que los silencios incómodos me resulten cálidos.


En ningún momento me di cuenta de que estaba gritando, no me enteré de que los chillidos alarmaron a todas las habitaciones, ni de cómo el pasillo parecía una estampida que acabara desembocando en mi cuarto. No sabía que era blanco, de tanto que apretaba los ojos. No sabía que era frío, aunque estuviera de rodillas en el suelo, a punto de caer inerte por las fuerzas perdidas en un único puñetazo furioso que no acertó a ningún punto fijo en mi ceguera. No me di cuenta de una puta mierda porque sabía que en cuanto saliera de allí a la mañana siguiente todo sería igual, pero peor. Por eso me extrañé cuando el ruido paró, cuando la luz vino y cuando las rodillas se desentumecieron. Dejé de sentir y sentí, todo en un mismo instante, en el que noté que alguien me tapaba la boca para que no escupiera el valium, que otros cuatro me sujetaban para que dejara de forcejear y que un último se había dejado caer a pesar de lo que pudieran pensar, porque no era capaz ni de llorar ante lo que estaba viendo.


En un solo segundo sorprendí a todos los que me habían visto entrar por mi propio pie, haciendo gracias estúpidas para que sintieran que podía quitársele hierro al asunto, gesticulando sin esconder los vendajes manchados.


Por un instante dejé que me vieran fuera de esta coraza forjada a propósito transparente, me dejé salir, fui yo realmente.


Aunque siempre recordaran aquello como el día en que estuve fuera de mí misma, cada uno entenderá una cosa. Ellos hablarán de cabales, yo de una jaula en la que ruego porque nadie me pida que enseñe la patita.

jueves 23 de julio de 2009

Hasta en la sombra se evaporan en cuanto las dejo caer.


Llenó la bañera hasta casi el borde, sin tener en cuenta que rebosaría al meter su cuerpo dentro. Estaba tibia, pero el calor que se asomaba por fuera de los tabiques era ya de por sí infernal. De todas maneras no había nada que hacer con esos pies congelados de mal riego sanguíneo, pero era ya costumbre intentarlo. Pies planos de pato y encima gélidos. Tendría que salirle una crisálida de cisne cojonuda por eso, pero quitando las ampollas, poca cosa por el momento.


Puso sales de colorines que se deshicieron antes de tocarla, ahorrándose que se le clavaran al sentarse, y quitando así toda la gracia de un plumazo. La lógica le impulsó a darle una patada a uno de los botes de gel para que se derramase y diera un toque burbujeante a la noche.


Al agua palmípedos y ponies.


Los ojos esperaron hasta encontrarse los cristales con el vaho adherido como mala hierba. Hacía tiempo que había dejado de ser una superstición para pasar a mera precaución. Cualquier movimiento haría que se exaltase, y tragar jabón por un escurrimiento tonto no entraba en sus planes. En una entrevista no podría colar el baño como afición, pero de que era un plan como cualquier otra excusa nadie podría ponerlo en duda. A no ser con una interrogación estropeando la estampa borrosa, pero no quedaba nadie en la casa con devoción por la caligrafía de cuartos de baño.


Cuando todo estaba a su gusto, sacó el brazo tanteando el suelo hasta encontrar el cepillo que se había quedando chupando el banquillo de lozas. Empezó a peinar desde la raíz, lentamente, saboreando que los nudos se habían ido de crucero con marines, hasta llegar a las puntas, quedarse suspendido en el aire y volver a empezar. Una y otra vez, hasta resultar satisfecha y dar paso a la inmersión. Se tapó la nariz con el índice y el pulgar, los dos escogidos por los anillos, reclinó la cabeza hacia atrás como si fuera a practicarse el boca a boca con una de menos, y dejó que el agua se metiera por cada fibra capilar y poro de la piel, sin limpiar los puntos negros, pero llegando mucho más adentro.


Terminó por dejar que todo se enfriara de manera natural, sin recurrir al grifo. Mojado uno nunca sabe si será capaz de cerrarlo. El tiempo pasaba en forma de surcos profundos por las huellas, quedando todo garbanzo a su paso como un terremoto de potaje y pasión. Sabía que le había llegado la hora al primer escalofrío por la espalda acompañado de carne con vello punk. Pero cómo no, se quedó ese ratito de más, a modo de la última patata de la vergüenza, con el punto sado de disfrutar un dolor que sabes puedes quitártelo con sólo un movimiento mecánico de las piernas.


Con la evolución a primate pudo descorchar la bañera, frotándose con la esponja en lo que se iba el agua. Aún pringosa y sin aclarar, salió chapoteando haciendo charcos a cada paso, procurando no escurrirse al hacer esquina.


Se tumbó a lo largo de la cama, y se resignó a que ésta fuera absorbiéndolo todo.

Ya habría ocasión para ocuparse de las pequeñas pérdidas.

lunes 29 de junio de 2009

No soy infiel, pero tampoco el reflejo de lo que me estás dando.


Noto como una de las agujas se me clava. Alguien debería haber desinfectado primero la manecilla, porque la corrosión se mezcla con el olor férreo de la sangre y empieza a heder de forma tangible a denso. Algo pegajoso en el aire, que gotea por los pelos de la nariz.

Intento distraerme de los lamentos de las venas, son realmente ruidosas cuando lloran en verso, y están empezando a desatinar sobre la fundición del queso de una lasaña como alegoría a los cuarenta grados de su vida sin sombra. Cuento baldosas, y cuando acabo, empiezo a imaginarme rostros pixelados haciendo combinaciones de los cuadrados. Ya estás aquí de nuevo. Maldita sea.

La carne del extremo contrario comienza a estirarse, tensa por una punta que quiere atravesarla, haciendo el recorrido entero. No hay peligro de despresurización como en un Boeing. Al menos aún coagulo y no saldría volando por un orificio más. El tiempo sí lo hace. Me lo recuerdas.

Desestructurarte ya no es un esparcimiento, sino una necesidad, como si fuera lo último no que me queda por hacer, sino que pueda. Es difícil no volver a verlo cuando te has formado la imagen, y no importa si lo cubres con algo. Los cuatro lados me han encerrado contigo mejor que en un círculo vicioso.

Ya no hay ocasión de limpiar las juntas, ni de separarlas con crucetas, y tus pedazos se me juntan ante las narices, en lo que ensucio todo en una fuente grotesca. Veo conejos blancos corriendo tras la reina de la noche.

Me caigo sobre la pared, y me pego a tus ojos, que me siguen mientras voy cayendo con la nariz como único punto de apoyo. Tus manos brillan como nácar, y sé que intentan cogerme, pero no hay películas sobre alfarería disponibles, y no alcanzas a traspasar el umbral de lo imaginario y el desvarío. Las esquinas de tus rincones comienzan a despedazarme. Eso sí, ¿no?
Tonta autodestructiva. Me cuarteo, desmenuzo, y muelo en harina.



¿Te apetece un poco de pizza?

No me vendría mal un masaje, y supongo que todavía puedo quedarme quince minutos más.