- Sigue contando…
- Para qué, si siempre te lo tomas como si te estuviese queriendo decir que fuese la más chunga del lugar, con una mezcla de bravuconería y "oh, pobrecita yo", y me acabas diciendo que mi vida no da para rodar las películas que me monto
- No seas tonta. ¿Algo más que confesar?
Se empezó a subir el volumen de la pelea casi al tiempo que los vecinos el del televisor. A todo se acostumbra el hombre, llega un momento en que hasta las ves venir, en un comentario afilado, en la cena demasiado fría, o en las piernas mal depiladas. Esa iba a ser otra noche animada con desalmados repitiendo escena y abucheos.
No existían los tiempos muertos en aquella casa, pero sí los dormidos. La mayoría de las veces era irrelevante quién fuera el que tuviera la última palabra siempre que se acordara de apagar la luz antes de meterse en la cama. No se acordó, y la sola visión de verla acurrucada con las dos almohadas le encendió los músculos de los brazos para accionar el sistema hidráulico del canapé. Se subió de sopetón por uno de los extremos para dejar al descubierto el hueco aprovechable para meter mantas o el contenido del recogedor. Ella no se lo esperaba, no tuvo tiempo para reaccionar y agarrarse a las sábanas, ni poco tequila en el cuerpo. Se deslizó como una salchicha Frankfurt por un tobogán de salsa tártara, hasta estrellarse de cabeza contra la pared formando un ángulo agudo. Como su dolor en el cráneo, que ya no tendría fantasías con falos sino pesadillas de prepucios abatibles.
Escaló la rampa para poder bajar y mirarle a los ojos, pero él se agachó para coger la almohada y llevársela al segundo campo base, donde las pájaras no cantasen ni las cucarachas le quitasen el nombre al crunch. Verlo agachado le infló las ganas de verlo postrado. Su único punto en común, pasar de cero a cien en décimas. El fuego incontrolado no entendía de capuchones en los mecheros.
Le embistió, con todo su peso más los dieciocho gramos de alma que le quedaban, y empezó a hilar una ristra de puños de forma compacta. Supongo que seguían siendo solo dos, pero al movimiento parecían más, con la eficacia de no llevar serigrafiada la marca acme. Uno tras otro, hasta que recobró la postura como si tal cosa para empezar a bajar las escaleras.
No, esta vez no podía irse de rositas, ni de putas con otros sobrenombres. Le siguió, vociferando todo lo que se había callado en todo el tiempo de “hacer que no ves, oír, acatar y callar”.
El campante se recostó en el sofá dándole la espalda e indicándole con el culo el camino a seguir para irse a la mierda. Estoy hasta los cojones de ti, no quiero volver a toparme con tus narices entre mis huevos, ya hasta me toca, manda ostias- medio siseó triunfalmente con la funda de tela entre los dientes.
En la madrugada tintinearon entre los soplidos del viento las llaves de su coche. Pensaba dormir en el garaje, pero con el apagón de luces llegó el miedo y las posesiones infernales de flanes corpóreos. Entonces, sin pensarlo demasiado, arrancó. Si me echa me tendré que ir, y si no tengo cómo irme, tendré que procurármelo. Es pura lógica que me lleve su coche- se dijo antes de ponerse a cantar con el último italiano que había metido en la disquera.
El alcohol le daba la seguridad de saber que se estrellaría de compartir rotonda con alguien más, así que pintó una ele en la luna trasera, se puso a cuarenta y con las largas en permanente. Así pasaría desapercibida, incluso para la muerte.
“Nella grigia oscurita’ io la trovero’ stella amata senza eta’ verso luna e sol”
Aparcó de culo que daba más gusto que algo analógico en esta era de digitales y dígitos entre barras. Freno de mano, parar el carro, respirar hondo y todo sobre ruedas al poner los dos pies sobre la acera correcta.
Al llegar a casa se puso a llorar por todas las veces que la tacharon de la mala cuando no estaba su nombre ni en la lista porque no lo era. Se puso a llorar por en lo que se había convertido. Calumnias, agresión, robo y conducción bajo los efectos del alcohol. Se puso a llorar porque ni aún así le llegaba a los talones. A ella le había dolido tanto su peso cayendo encima, a ella le habían dolido tanto sus puños enormes, a ella le habían dolido tanto sus palabras salivadas… No podría superarle precisamente porque ella lloraba. Sentir dolor significa tener una de esas voces en off con regidores bombo y platillo. (Manolo no incluido en el pack estándar)
Me lavo las manos, y si salpico a alguien, menos mierda para todos.



