Intacta en el sentido estricto, pero no pura. Era todo menos el tarro de la dulzura y el cuadro de la candidez. Mis lolas lo tenían todo para no poder ser lolitas. Llora y mámame, podría haber sido su lema, si es que se hicieran para el busto en lugar de nombrar tanta efigie suelta.
Y luego estaba el cuero. Apretado y rasgado a partes iguales, lo cual no era mucho si tenemos en cuenta que el enanismo había llegado al terreno textil. Si la medicina avanza, sus enfermedades también, por qué no. Curvas plagadas de cremalleras. Sexy y práctico. Lo último por lo engorroso del sudor. Lo que la vaselina no pueda despegar del cuerpo, que se abra y deje paso.
Hasta el momento todo había sido meter la pata y salir airosa. Pues bien, me sentía preparada para el siguiente paso. El mete-saca no tenía pinta de ser mucho más complicado. Sabía todo lo que había que saber, y hasta donde habían llegado la punta de mis dedos.
Cerré la ventana con un click rápido. Nos encontraríamos en la plaza al cabo de una hora. Para reconocerme, un corsé anudado por cintas de azul eléctrico. Algo nuevo y algo azul, pero nada fortuito. Quizá se me haya olvidado comentar que era una romántica innata y una perfeccionista hasta el borde de lo absurdo. Él sería la primera vez de prestado.
La idea era no decepcionar cuando ocurriese con alguien de verdad. Alguien con algo más que un sobrenombre de centímetros. Ahorrarle la cara de dolor, la mancha de sangre. Hacerle sin miedo, dejarme hacer.
60 minutos, 30 euros para la pensión y 15 segundos de un extraño culebreo de maneras torpes que no había por donde coger. Más literalmente de lo que cabría esperar en cualquier constitución de peso pluma. Para mis adentros, sin acabar estando segura de en qué instante estaban vacíos o no, pensaba en el dolor de la primera vez real. Ése no había roto nada, así que por cojones la ocasión de hadas me tendría que doler. Y manchar las sábanas que le hubiesen comprado mis suegros. Una verdadera mierda.
Todo ocurrió muy rápido. De eso estoy convencida. Lo sé por mi propio baremo de prendas que me iba poniendo por segundo. Quería salir cuanto antes. Pues con todo lo rápido, él lo fue aún más. Con sólo los calzoncillos y unas playeras puestas, abrió la puerta de la habitación. Intercambio de billetes y un portazo. El sonido de un pestillo. Un nuevo cuerpo desnudo y el mío a medias estampado contra la pared. Su puño y mi cráneo.
Cuando desperté, vi un solo trozo de mi cuerpo, que en su postura daba a entender claramente que se habría convertido en un ovillo de haber tenido ocasión. Estaba atada de pies y manos a los barrotes herrumbrosos de la cama, reconociendo vagamente las cintas de mi corsé entre la sangre. La poca visibilidad no se debía por fortuna al desmembramiento, estaba entera, ¿no? ¿Entonces?
Como un aguijonazo lleno de rinocerontes afilados, todos los dolores se concentraron en el mismo instante. La cabeza, el ojo, la boca, muñecas, tobillos y el coño. Estaba de una pieza, pero a punto de hacerme añicos.
Una ráfaga de luz, y el dolor volvía, seguramente no más horrible que mientras estaba sin conocimiento, pero ahora sí lo tenía.
Un ojo. Sólo un ojo para verlo todo. La masa que era el otro. Sus pies apostados firmemente a los lados de mis tetas. Ponerse en cuclillas y traer consigo la oscuridad.
Se sujetaba con la mano la polla, enorme, venosa y sangrienta. Llena de lo que seguro era mi vómito. Y con todo ello, sin soltarla, me la metía en la boca, empujando con los dedos en un intento de rasgarme los lados para que entrase el puño.
¿Crees morirte? Espera a desearlo.
Deseaba morirme con todas las fuerzas que me quedaban, y estaba dispuesta a sacar más de donde no hubiera para conseguirlo. No respirar en las ráfagas de luz. Seguir ahogándome. Pero estos putos pulmones echos a base de nicotina querían el veneno del aire. No podía evitarlo.
Me eché a llorar para mermar lo que sería un eterno recuerdo. Emborronarlo todo. Si salía de esta.
De nuevo, la supervivencia. Las fuerzas, el odio. Vivir para encajarme la mandíbula. Vivir para arrancarle esa cosa a cachos. Metérselos en la garganta.
Tardaron en encontrarme en lo que se esfumó la fianza del picadero.
Treinta días para salir a la calle sin contar las gotas.
Sesenta años, o los que me queden, para la venganza.

7 comentarios:
Vade retro.
uhh...
Estas cosas me dejan... uhh.
Muas!
DIOSSSSSS
genial...
si es que sabia que no ibais a defraudar
I N C R E I B L E
- puedo decirte algo acerca de tu escrito hacia el odio?
- puedes
-…igg!
- igg?
- sí, es tan sádico que no sé si me gusta o me repele
- qué clase de insulto o critica constructiva es esa?
- lo digo por la crueldad y claridad en que lo narras
- igg. es lo mejor que me han dicho nunca
- supongo q el odio es lo que tiene, que aunque lo sientas en ciertos momentos, claramente en el principio del mismo, no sabes si lo sientes por el propio dolor que te causa o por el gusto que te causó y pensabas que te causaría hasta que pasó a dolerte en su justa medida, que siempre gusta, y hasta que finalmente termina desgranándote por dentro.
espero que sepas, al menos que intuyas, lo que quiero decir…
- lo sé, lo sé
ehm... te follaste a Pat Bateman?
buenísimo, ya lo creo.
te agrego a links, no sé porqué coño no lo había hecho antes.
Terrible y visceral. Un discurso de ficción peligroso, por cierto. Pero soberbio y contundente.
Un saludo
PD: por cierto otra vez, estuve a punto de decirte si no te habías equivocado de blog al comentarme porque no entendía nada xD.
Y después se me abrió la mente
Ah, y que me encantó la película
¿Y a ti?
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