
Se tumbó en las texturas probándolo todo. Primero el suelo desnudo, liso pero con motas de la tierrecilla que se despega de las suelas sin felpudo; luego en la alfombra del descansillo, con todos sus nudos haciendo formas; siguió hasta la moqueta del único cuarto, parecía un campo con la barba de tres días, consistente como para levantarla un par de milímetros, y llegó al cuarto de baño, permitiéndose descansar un momento sin que fuera la última parada. Aún quedaban unas pocas salpicaduras que la mampara no había podido contener, y se entretuvo en pegar y tirar de las lonas de plástico que evitaban la catástrofe cuando le daba por bailar entre la limpieza. Chop, la ventosa no quería dejar de besar los rombos unidos por pasta grisácea. Apoyó la mejilla y no recibió nada a cambio, aunque también le costó levantarse. Eso siempre.
Como por un resorte automático que dijera “no te detengas ahora, no ahí”, se puso a caminar haciendo chopitos con las plantas, “ah, a ellos sí, ¿no? Chúpame un pie.”
La cama se alzaba sobre tres colchones, o cómo decir que no había somier pero sí ganas de sensación de altura. Los guisantes en sus vainas.

1 comentario:
un cúmulo de sensaciones al tacto y a la mente
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