
¿Cómo una voz puede causar tantos estragos?
Digo una voz, aunque la sola imagen del recuerdo basta para devastar cada uno de los impulsos rítmicos que deberían bombearme la caja torácica.
No quieres verme. Lo noto en esos alientos que dibujo para ahuyentar el temor a las interferencias. Excusas y frases cortas. Nada de puntos suspensivos ni suspiros. Me haces falta, y no digo precisamente tu nombre como quien recita la lista de la compra. No puedo sustituirte por marcas blancas, ni culos prietos negros. Y tú ni siquiera quieres verme. Lo harías, por compromiso o indiferencia, pero no existe el deseo. Ni siquiera libidinoso.
Mientras que a mí me sobrarían dos de los tres.
Pasan los años y con cada uno, salen al mercado nuevas variedades de chocolate. Rellenos de fresa, con trozos de almendra, galletas enteras, o bañados en almíbares. ¿Y sabes qué? No me consuelan. Podrán sustituir en el sexo al tanga comestible si me los pongo en pedazos, calentarme las manos fundidos a través de la cerámica, darme razones en carne para que tuvieras más donde agarrar, pero eso es todo. No quiero que las lenguas de gato se bañen sólo en el chocolate. Quiero la humedad de tus concavidades.
Quizás debería callarme debajo del agua. Darle mi voz a una bruja para que custodie mis réplicas a esas sirenas a las que les regalas la tuya. Necesito una burbuja que no explote al oírte cantar. A prueba de niños y que no pique en los ojos.
Pero he llegado a una conclusión. ¿Qué importa si no te importa? Así que buscaré regodearme en mis pataletas, tanto si tengo piernas como colas de pescado en oferta. El aquagym lo puede todo. Saldré garbanzo y con la boca llena de cacao. Haré cacahuetes salados con cada lágrima. Tendré un imperio de aperitivos que se quedan a medias. Y nunca mi postre rosa cursi a la luz de las velas.
Voto por los silencios incómodos en los que tu voz no supondrá la tormenta de la que nunca he salido para encontrar la calma.
Digo una voz, aunque la sola imagen del recuerdo basta para devastar cada uno de los impulsos rítmicos que deberían bombearme la caja torácica.
No quieres verme. Lo noto en esos alientos que dibujo para ahuyentar el temor a las interferencias. Excusas y frases cortas. Nada de puntos suspensivos ni suspiros. Me haces falta, y no digo precisamente tu nombre como quien recita la lista de la compra. No puedo sustituirte por marcas blancas, ni culos prietos negros. Y tú ni siquiera quieres verme. Lo harías, por compromiso o indiferencia, pero no existe el deseo. Ni siquiera libidinoso.
Mientras que a mí me sobrarían dos de los tres.
Pasan los años y con cada uno, salen al mercado nuevas variedades de chocolate. Rellenos de fresa, con trozos de almendra, galletas enteras, o bañados en almíbares. ¿Y sabes qué? No me consuelan. Podrán sustituir en el sexo al tanga comestible si me los pongo en pedazos, calentarme las manos fundidos a través de la cerámica, darme razones en carne para que tuvieras más donde agarrar, pero eso es todo. No quiero que las lenguas de gato se bañen sólo en el chocolate. Quiero la humedad de tus concavidades.
Quizás debería callarme debajo del agua. Darle mi voz a una bruja para que custodie mis réplicas a esas sirenas a las que les regalas la tuya. Necesito una burbuja que no explote al oírte cantar. A prueba de niños y que no pique en los ojos.
Pero he llegado a una conclusión. ¿Qué importa si no te importa? Así que buscaré regodearme en mis pataletas, tanto si tengo piernas como colas de pescado en oferta. El aquagym lo puede todo. Saldré garbanzo y con la boca llena de cacao. Haré cacahuetes salados con cada lágrima. Tendré un imperio de aperitivos que se quedan a medias. Y nunca mi postre rosa cursi a la luz de las velas.
Voto por los silencios incómodos en los que tu voz no supondrá la tormenta de la que nunca he salido para encontrar la calma.
Chasquea la lengua y apareceré a tu lado.

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