martes, 16 de septiembre de 2008

Lindos despertares con olor a queso.


Le dolía la cabeza de una forma espantosa. ¿Acaso algún dolor era el bueno de la película? Pensar en estupideces no hacía más que aumentarle la presión a un palmo de la nuca, pero si dejaba de hacerlo, se extendería por el resto del cráneo, como una bola de bolos llena de agujeros. Ya bastante odiaba el emmental como para excavar más hondo.

Sabía que presentaba un aspecto horrible, y que tendría que justificarlo de antemano a quienes la mirasen. Las seis de la mañana cabrean a mi gallo y me pone las patas en los ojos como venganza -diría con una de esas medias sonrisas que tanto atemorizarían a quien realmente la conociera de algo-. No era precisamente la reina del disfraz.

Estaba cansada, pero sólo una pequeña parte tenía que ver con el madrugón o el frío de la mañana. Llorar la dejaba exhausta. Y llevaba ya rato sin poder dejar de hacerlo. Incluso se obligó a andar como hacía antes, cayendo sin embargo en el error de hacerlo también por el lugar al que en ése antes estaba acostumbrada.

Ya no estaba para esos trotes ni vuelcos del corazón. Las arterias se le habían convertido en verdaderas arpías, hartas de tanto remeneo. Dime cuantos sofocos tienes y no podré adivinarte la edad.

El móvil le vibró en el bolso.
- ¿Qué tal estás?

- Mira, no quiero hablar. He tenido un día horrible y tú sólo puedes empeorarlo.

- ¡Pero si sólo son las once de la mañana!

- Pregúntale al gallo. Quizá no ponga huevos, pero siempre puede picotear de los tuyos.

3 comentarios:

BLIS dijo...

Lo del gallo picoteando los huevos ha sido muy explicito para mi sensible cabecita (o cabezon, segun se mire)

Julia dijo...

jajajaja... me guardo la del gallo!

Anónimo dijo...

Si las fotografías son tuyas..............
Te has ganado una boca abierta y unos ojos como platos.