Llenó la bañera hasta casi el borde, sin tener en cuenta que rebosaría al meter su cuerpo dentro. Estaba tibia, pero el calor que se asomaba por fuera de los tabiques era ya de por sí infernal. De todas maneras no había nada que hacer con esos pies congelados de mal riego sanguíneo, pero era ya costumbre intentarlo. Pies planos de pato y encima gélidos. Tendría que salirle una crisálida de cisne cojonuda por eso, pero quitando las ampollas, poca cosa por el momento.
Puso sales de colorines que se deshicieron antes de tocarla, ahorrándose que se le clavaran al sentarse, y quitando así toda la gracia de un plumazo. La lógica le impulsó a darle una patada a uno de los botes de gel para que se derramase y diera un toque burbujeante a la noche.
Al agua palmípedos y ponies.
Los ojos esperaron hasta encontrarse los cristales con el vaho adherido como mala hierba. Hacía tiempo que había dejado de ser una superstición para pasar a mera precaución. Cualquier movimiento haría que se exaltase, y tragar jabón por un escurrimiento tonto no entraba en sus planes. En una entrevista no podría colar el baño como afición, pero de que era un plan como cualquier otra excusa nadie podría ponerlo en duda. A no ser con una interrogación estropeando la estampa borrosa, pero no quedaba nadie en la casa con devoción por la caligrafía de cuartos de baño.
Cuando todo estaba a su gusto, sacó el brazo tanteando el suelo hasta encontrar el cepillo que se había quedando chupando el banquillo de lozas. Empezó a peinar desde la raíz, lentamente, saboreando que los nudos se habían ido de crucero con marines, hasta llegar a las puntas, quedarse suspendido en el aire y volver a empezar. Una y otra vez, hasta resultar satisfecha y dar paso a la inmersión. Se tapó la nariz con el índice y el pulgar, los dos escogidos por los anillos, reclinó la cabeza hacia atrás como si fuera a practicarse el boca a boca con una de menos, y dejó que el agua se metiera por cada fibra capilar y poro de la piel, sin limpiar los puntos negros, pero llegando mucho más adentro.
Terminó por dejar que todo se enfriara de manera natural, sin recurrir al grifo. Mojado uno nunca sabe si será capaz de cerrarlo. El tiempo pasaba en forma de surcos profundos por las huellas, quedando todo garbanzo a su paso como un terremoto de potaje y pasión. Sabía que le había llegado la hora al primer escalofrío por la espalda acompañado de carne con vello punk. Pero cómo no, se quedó ese ratito de más, a modo de la última patata de la vergüenza, con el punto sado de disfrutar un dolor que sabes puedes quitártelo con sólo un movimiento mecánico de las piernas.
Con la evolución a primate pudo descorchar la bañera, frotándose con la esponja en lo que se iba el agua. Aún pringosa y sin aclarar, salió chapoteando haciendo charcos a cada paso, procurando no escurrirse al hacer esquina.
Se tumbó a lo largo de la cama, y se resignó a que ésta fuera absorbiéndolo todo.
Ya habría ocasión para ocuparse de las pequeñas pérdidas.

6 comentarios:
Si es que no hay nada como un buen baño relajante..........
Me encanta como escribes. El texto es magnífico.
Gracias por colgarlo.
Besos
ya veo que estás
a gusto en tu baño de espuma
yo también me tumbo mojada sobre la cama
es un placer...
Tu estilo es tan diferente... me gusta de una manera exagerada.
pd. Me entraron ganas de tomarme un baño con sales... resistiré por el planeta... :)
Uff, que relajante!
suena nostálgico y desamparado, como un blues postmoderno transcrito al idioma publicitario
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