El señor de la casa. Puede. Un par de años a los sumo.
Luego vinieron ellos y tuvo que despedirse de algo más que un aumento en la nómina.
Estos seres no entendían de números ni gestionaban un buen ambiente hogareño.
No estoy hablando de críos.
Eran algo que… bueno, lo cierto es que parecen distintos según uno se gradúe las gafas. Los peores días eran los que le obligaban a mirarles con los ojos desnudos. La acuosidad no sirve de mucho cuando toman tus lágrimas por golosinas. Y no se saciaban con facilidad. No. Tampoco guardaban la línea, por si es necesario añadirlo.
En poco tiempo se habían hecho con el control de todas las estancias, programaban electrodomésticos y podían camuflarse sin depender de que las motas no se pusieran a corretear por el suelo. Más complicada era la cuestión no ya de sus motivaciones, sino de qué esperaban de él.
Habían pasado ya seis meses, y seguían sin decírselo. No estaba preparado. El sock no es un buen estado para interaccionar. Y muy seguramente el blandiblu tampoco constituía una dieta sana.
No iban a aprender nada. Estaban en esa fase de imposición en la que todavía no es necesaria la violencia, pero seguramente fuera más llevadera que oírles con esas lenguas chirriantes, que envolvían todo de salpicaduras pringosas con cada acento. El papel pintado no tenía nada de posmoderno, y ya ni el recuerdo de la silueta de flores. Era una gran masa de engrudo con esquinas. Puede que no tuvieran tacto, desde luego, pero dejaban a su paso una estela de discursos que podían tocarse, o con los que podías tropezarte si no tenías cuidado.
Y ahí estaba él, poniendo lavadoras de forma compulsiva, imaginándose fabricando un bastoncillo gigante como arma.
Lo último que supo, o quizá lo primero a ciencia cierta desde que todo empezara, es que también leían la mente.
Quizá se sintieran ofendidos por el pequeño detalle de que deseara destruirles, o puede que fuera el haber tenido el recuerdo nítido del sabor de los cheerios en el paladar, en lugar de esa bazofia que ellos calentaban a base de alientazos. Hay quien no soporta una crítica. Los pucheros tras horas entre cazuelas no son buena idea. Sobre todo si se trata de chefs que dan miedo sin necesidad de empuñar cuchillos más grandes que tu cabeza.
Hubiese sido una muerte dulce si hubiera puesto el suavizante con olor a camomila, pero no, tuvo que poner aquella mierda de montañas frescas en polvo.

11 comentarios:
Interesante documento. Volveré con más tiempo.
"Hubiese sido una muerte dulce si hubiera puesto el suavizante con olor a camomila..."
Joder, qué buena eres!
¿Hay suavizante con ese olor?
(Es que a mi la manzanilla....pues.....)
Desde luego que hay ocupas muy molestos, que no hay manera de que salgan, son más difíciles de sacar que las manchas de grasa.
Un hogar es un templo, y la gente ¡Hala!... ains.
Me ha gustado. Mucho. Pelirrojísima.
este sin lugar a duda es la descripción de mi casa, ja
beso aterciopelado
¡Acabemos con ellos!
No he entendido nada de nada hasta que no he leido los comentarios... y me gusta. Rápido y desconcertante. Me encanta.
Ya tienes un ocupa más xD
Saludos!
creepy...estupendo!! ;)
Cualquier okupa no deseado es una molestia en tu pequeño mundo...
me ha gustado tú forma de escribir, me pasaré por aquí de nuevo ;)
te leía y se me iba apareciendo la imagen de mi asistenta albano-kosovar, que no me mata con suavizante sino con bahules llenos de ropa por toda la casa...
pero no puedo hacer nada, la necesito!!
Alguien influyente podría convertirlo en el guión de una buena película fantástica. Lo había leído hace unos días pero no conseguía concentrarme. Hoy me pareció buenísimo. Unos besos
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