
Era un vertedero en medio del bosque. Tenía todo el encanto de las cosas raídas o amarillentas, sin que ningún olor se concentrase. Para eso estaban los pinos. Solía pasar allí todas las mañanas, cuando el rocío no empapaba las hojas de los periódicos atrasados. Ver correrse la tinta sin hacer ni amago de dibujo era algo enervante. Pero quitando eso, todo era paz. El sol, el crujir de ramas por aquí y acá, sin preocupaciones del más allá. Para más información tendría que volver a la ciudad, y por el momento, quería quedarse sentada sin saber de nada.
Precisamente para estar cómoda –el popurri queda muy mono en un jarrón, pero bajo el trasero pincha- había arrastrado allí una vieja butaca con algunos remaches aún en su sitio. No sabía si sería de cuero, pero en verano podía jurar que se pegaba al cuerpo igual a todos los efectos.
No podía haber nada mejor. Nada de duchas de los pájaros que fuesen cantándole por encima. Nada de ardillas con cara de patata frita y chopo. Sin embargo, por si las moscas, o los insectos en general, todos los refrescos estaban a buen recaudo entre sus piernas. No solo los indios saben cruzarlas con estilo.
Y así pasaba las horas, leyendo, entablando conversación con musarañas imaginarias o simplemente dejando colgar la cabeza del reposabrazos. Aunque tuviera mucho que perder, estaba segura de que no era una pérdida de tiempo. Ni una bala perdida como oía entre algún eco malicioso a la entrada de su refugio. Allí nadie podía decirle nada, y era el silencio lo que más le gustaba. En ocasiones era bueno dejar descansar también a los oídos. La música a todo volumen era una vía de escape que le empezaba a dejar intuir una sordera precoz. Si llegase la sangre la letra no entraría. Ni guitarras, oboes, y demás acompañamientos. Ni siquiera el agua cayendo en cascada para hacer un ambiente zen.
Todo cambiaría con la alarma programada de su reloj de muñeca. Ya podía ponerse como se pusiera, que tenía que volver a casa. Correr el riesgo de perder todo aquello era demasiado. Sabía que pequeñas dosis le harían más efecto que pasarse hasta las vigilias entre los rumores del viento. Cuanto más pasase más consistencia tendrían, y los quería así, vacíos, para ahuecarle la cabeza al mismo tiempo que el pelo.
Ese bosque podía ser de todos, hasta aceptaba que muchos se creyesen con la obligación de marcar su territorio. Pero cuando se iban, incluyendo las tonalidades de alguna planta caprichosa, el lugar era suyo. Ningún Pepito grillo de conciencia chirriona tenía cabida en sus instantes de soledad. Mucho menos ninguna madre-tipo reprendiendo por los deberes que aún estaban sin ser formulados en la cartera. Vale, sobre todo no estaba su madre, ni la seguridad de que algún día le daría la razón en todo.
Al primer pensamiento, había que marcharse.
Mañana más.
Precisamente para estar cómoda –el popurri queda muy mono en un jarrón, pero bajo el trasero pincha- había arrastrado allí una vieja butaca con algunos remaches aún en su sitio. No sabía si sería de cuero, pero en verano podía jurar que se pegaba al cuerpo igual a todos los efectos.
No podía haber nada mejor. Nada de duchas de los pájaros que fuesen cantándole por encima. Nada de ardillas con cara de patata frita y chopo. Sin embargo, por si las moscas, o los insectos en general, todos los refrescos estaban a buen recaudo entre sus piernas. No solo los indios saben cruzarlas con estilo.
Y así pasaba las horas, leyendo, entablando conversación con musarañas imaginarias o simplemente dejando colgar la cabeza del reposabrazos. Aunque tuviera mucho que perder, estaba segura de que no era una pérdida de tiempo. Ni una bala perdida como oía entre algún eco malicioso a la entrada de su refugio. Allí nadie podía decirle nada, y era el silencio lo que más le gustaba. En ocasiones era bueno dejar descansar también a los oídos. La música a todo volumen era una vía de escape que le empezaba a dejar intuir una sordera precoz. Si llegase la sangre la letra no entraría. Ni guitarras, oboes, y demás acompañamientos. Ni siquiera el agua cayendo en cascada para hacer un ambiente zen.
Todo cambiaría con la alarma programada de su reloj de muñeca. Ya podía ponerse como se pusiera, que tenía que volver a casa. Correr el riesgo de perder todo aquello era demasiado. Sabía que pequeñas dosis le harían más efecto que pasarse hasta las vigilias entre los rumores del viento. Cuanto más pasase más consistencia tendrían, y los quería así, vacíos, para ahuecarle la cabeza al mismo tiempo que el pelo.
Ese bosque podía ser de todos, hasta aceptaba que muchos se creyesen con la obligación de marcar su territorio. Pero cuando se iban, incluyendo las tonalidades de alguna planta caprichosa, el lugar era suyo. Ningún Pepito grillo de conciencia chirriona tenía cabida en sus instantes de soledad. Mucho menos ninguna madre-tipo reprendiendo por los deberes que aún estaban sin ser formulados en la cartera. Vale, sobre todo no estaba su madre, ni la seguridad de que algún día le daría la razón en todo.
Al primer pensamiento, había que marcharse.
Mañana más.

6 comentarios:
OMG entonces... ¿puedo seguirte? Ya sabes, por eso de tener un sitio donde encuentro textos tan bonitos y originales como tu blog :D Porfi, porfi *de rodillas* porfi :)
Gran texto, me ha gustado mucho. Saludos :D
Me ha encantado, para ser sincera.
El pouporri, si le pones entre la piel y la mezcla, una mantita de patchwork, no molesta nada.
Hola. Me gustan los maullidos que resuenan en esta casa.
Un saludo y gracias por la visita
oh seh!
abandonarse y no hacer NADA.
cero.
dejar de girar con el mundo.
me ha recordado a ray loriga :)
beso!
Yo sólo quería preguntarte, y ya sé que es una obviedad, si tu teclado es de zinc... (pero NECESITO saberlo)
no pensar es terriblemente placentero, pero es sólo un parche muy cutre en comparación con lo que podríamos tener.
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