miércoles, 3 de agosto de 2011

Ha caído al suelo. Tiene el pelo lleno de hojas y la suciedad que ha ido barriendo durante varios kilómetros. Infla el pecho todo lo que puede, pero tan deprisa que apenas asimila el aire y sigue creyendo que se ahoga, ahora que al fin han dejado de chorrearle las perneras. Debería estar más ligera. Todo debería ser distinto. Ella no ha hecho nada. Se quedó quieta como si diera su consentimiento, pero el terror en los ojos la delató. Saben que en algún momento preferirá la muerte que guardárselo por más tiempo. Echaron a correr antes de que pudiera darse cuenta de que tenía que empezar a huir a pesar de no tener escapatoria.


Intenta quedarse quieta. Cierra los ojos y en medio de los temblores imagina una total inmovilidad, como si con eso pudiera desaparecer. Entonces la ve, como si estuviera cosida a sus párpados. Los abre aprisa y se muerde un grito. Todo sigue en calma, pero con los mismos golpeteos de adrenalina que imperan por que salga del camino. Aún así, no puede evitar coger una porción de tierra y echársela por encima, para ver qué se sentiría.


Impelida por el pánico súbito vuelve a ponerse en marcha sin que le dé tiempo siquiera de levantarse del todo. Algo le dice que esta vez será mejor no erguirse del todo y permanecer agazapada. El sentido común no ha tenido nada que ver. Quizá no volviera a verlo nunca.



*The Lesson - Aron Wiesenfeld




1 comentario:

Spaski dijo...

el sentido comun es el menos comun de los sentidos decian por ahi, me ha gustado